lunes, diciembre 17, 2007

Entre una galleta Oreo y una malteada de vainilla


La noche se come a la ciudad,
aún así, ésta brilla irrepetidamente
por todos los foquitos que se escapan entre las ramas.


La calle está vacía
pero me acompañan mis audifonos
que nunca me dejan caminar sólo
y mucho menos, dejar de soñar.


Mi cuerpo se estaciona en un lugar
pero mi mente se llena de distintas imagenes y sentimientos
el sentimiento a lo desconocido
que sólo vivirá por algunos minutos.


Volando, llega una paloma de marca reconocida
que mezcla su sonrisa con una mirada fija
que hacen que muerda el popote
dónde la fría malteada corre
para enfriar mi nerviosismo;
pero no importa, todo se resulve con el crujir de una Oreo
y cada migaja se unde en espesa chantilli
que se disminuye al paso del tiempo.


Y el frío de la noche no me imprta
mientras me pierdo en cuadrícula blanca y negra
que se distorciona por el humo que consume una velada esquicita
dónde me hubiera gustado abrazar al destino
pero en lugar de eso
sólo me cruce de brazos.


Lo mejor es que nunca dejé de sonreír
en esta única noche
en que la vainilla se casó con el chocolate
que no intentaba ser dulce
pero a final de cuentas lo fue, y no empalagó.


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